Así lo digo, alto y claro.
Pues sí, soy gilipollas, pero eso no es nada nuevo, me viene desde pequeño, ya de niño era bastante gilipollas por naturaleza. Al crecer cambié muy poco, me limité a crecer a lo alto y sobre todo hacia los lados, adquiriendo mi contorno de tripa actual.
Pero con el paso de los años, uno empieza a darse cuenta de cosas, a descubrir que lo que para mí es normal, para los demás es cosa de idiotas.
Ser bueno con los demás, apoyar a gente que nunca da las gracias siquiera, deprimirme a menudo y no querer que se me anime, actuar como un…, en fin, como un verdadero gilipollas, son las cosas que han marcado mi vida a lo largo de varios años.
Pues nada, esta mañana salí a la calle con carteles, panfletos y un altavoz para gritar al mundo entero que he descubierto mi problema, dispuesto a pronunciar una y otra vez en voz alta lo estúpido que puedo llegar a ser si me lo propongo, y sin proponérmelo.
Porque gente así, hay mucha, pero no tengo ni que esforzarme para ser un gilipollas de campeonato.
Soy gilipollas, por lo que salí de casa deseando que llegara un ojeador de algún partido político y me ofreciese un cargo de estos que dan a gente como yo…, no sé…, asesor económico del preshidente o concejal de cultura.
Pero al salir a la calle y ver a la gente, no pude menos que detenerme en seco. Jóvenes que deben entrar a un mercado laboral en el que se los explotará por un salario de risa, personas preocupadas porque no les quiten sus casas aquellos que lo hacen amparándose en las leyes de la democracia, señores que aceptan un servicio de telefonía o internet de un operador de dudosa fiabilidad porque, seamos realistas, en España todas esas compañías son bastante mentirosas…
Un mundo extraño y aterrador, donde la gente “normal” agacha la cabeza cuando debería alzarla y gritar, chillar y mentar padres sin miramientos.
Un mundo en el que nos gobiernan unos pocos de la forma que quieren, diciendo que no hay dinero y construyéndose estatuas de sí mismos, a tamaño real de su ego, delante de aeropuertos cerrados (no te des por aludido, Fabra, pero va por ti).
Un mundo en el que se recorta el sueldo a los más desgraciados, pero en el que los banqueros engordan como cerdos comiéndose el dinero que les dan los políticos.
He recogido mis cosas y he vuelto a casa, donde me he dado un buen golpe contra el extractor de la cocina sin querer (lo siento, es que soy gilipollas) y lo he roto del cabezazo.
Y sentado, evitando con ello hacer más gilipolleces, me he alegrado, he sentido el sentimiento patriótico entrándome por cada uno de mis poros.
Soy gilipollas, pero eso es porque soy español.
Seguiremos informando.
Pero con el paso de los años, uno empieza a darse cuenta de cosas, a descubrir que lo que para mí es normal, para los demás es cosa de idiotas.
Ser bueno con los demás, apoyar a gente que nunca da las gracias siquiera, deprimirme a menudo y no querer que se me anime, actuar como un…, en fin, como un verdadero gilipollas, son las cosas que han marcado mi vida a lo largo de varios años.
Pues nada, esta mañana salí a la calle con carteles, panfletos y un altavoz para gritar al mundo entero que he descubierto mi problema, dispuesto a pronunciar una y otra vez en voz alta lo estúpido que puedo llegar a ser si me lo propongo, y sin proponérmelo.
Porque gente así, hay mucha, pero no tengo ni que esforzarme para ser un gilipollas de campeonato.
Soy gilipollas, por lo que salí de casa deseando que llegara un ojeador de algún partido político y me ofreciese un cargo de estos que dan a gente como yo…, no sé…, asesor económico del preshidente o concejal de cultura.
Pero al salir a la calle y ver a la gente, no pude menos que detenerme en seco. Jóvenes que deben entrar a un mercado laboral en el que se los explotará por un salario de risa, personas preocupadas porque no les quiten sus casas aquellos que lo hacen amparándose en las leyes de la democracia, señores que aceptan un servicio de telefonía o internet de un operador de dudosa fiabilidad porque, seamos realistas, en España todas esas compañías son bastante mentirosas…
Un mundo extraño y aterrador, donde la gente “normal” agacha la cabeza cuando debería alzarla y gritar, chillar y mentar padres sin miramientos.
Un mundo en el que nos gobiernan unos pocos de la forma que quieren, diciendo que no hay dinero y construyéndose estatuas de sí mismos, a tamaño real de su ego, delante de aeropuertos cerrados (no te des por aludido, Fabra, pero va por ti).
Un mundo en el que se recorta el sueldo a los más desgraciados, pero en el que los banqueros engordan como cerdos comiéndose el dinero que les dan los políticos.
He recogido mis cosas y he vuelto a casa, donde me he dado un buen golpe contra el extractor de la cocina sin querer (lo siento, es que soy gilipollas) y lo he roto del cabezazo.
Y sentado, evitando con ello hacer más gilipolleces, me he alegrado, he sentido el sentimiento patriótico entrándome por cada uno de mis poros.
Soy gilipollas, pero eso es porque soy español.
Seguiremos informando.